El perfume de la higuera
Ambientado en las huertas del Cinca, me ha devuelto de golpe los aromas, las texturas, el color y el tacto del verano más cálido que recuerdo, el del 2003.
Aquel verano vivimos el amor verdadero en la casa antigua de Antonio, a orillas del Vero. Cada noche, entre los últimos retozos del día, lo oíamos deslizarse rumoroso entre las huertas de Pozán de Vero.
Nuestra casa tenía esas persianas de tablillas enrollables, que nos cuidaban de la canícula en el día, de los susurros de los chopos por la noche y que para mí siempre serán el amor.
Los vecinos de arriba tocaban el piano por la noche, en la terraza, nosotros siempre especulábamos, incrédulos, con que la música era un disco, imposible tanta maestría.
El relieve del paisaje cuando paseábamos en bici hasta Castillazuelo o las bodegas de Viñas del Vero era tan perfecto que siempre nos sorprendía.
Gracias, Damián Torrijos, por vivificar el recuerdo.
Nuestra casa, con su fachada rosa palo, entre los chopos, se ve la ropa tendida en la terraza de la izquierda, una hamaca blaca y otra amarilla.

Huertas del Vero.



