Dudo que alguien desconozca a qué me refiero con el título de este post. Por supuesto, es el poético y evocador título de la primera novela de la trilogía Millenium de Stieg Larsson. Desde luego tiene todos los ingredientes de un best-seller: misterio, crimen, algo de sexo y personajes con encanto.
De ahí a que sea un buen best-seller va un trecho. Las primeras páginas son realmente brillantes y ayudan a crear una atmósfera poética en la que parece que va a desarrollarse la novela.
Nada más lejos de la realidad, pronto el estilo se simplifica proporcionalmente al aumento de la velocidad con la que podemos leer el texto, lo que genera hordas de lectores satisfechos que se vanaglorian de haberlo leído en una semana. Incluso he oído decir que la segunda parte se lee en tres días. My god.
Inmediatamente después, en algunas de mis muchas horas de lactancia, comencé Saber perder de David Trueba. Por fin, buena literatura. Hacía tiempo que no leía un comienzo de novela tan tan bueno pero, además, las expectativas iniciales se mantienen durante todo el libro, muy bien escrito, con un estilo depurado pero intenso.
Me sorprende el reflejo de las sociedades que delatan ambas novelas: mientras que con la de Larsson parece que estamos viendo un capítulo tras otro de “Rex, el perro policía”, en los que el final feliz es una consecuencia obligada de la simpleza de la trama, en la novela de Trueba asistimos, una vez más, al tradicional pesimismo y victimismo que condena a los personajes españoles a sufrir las frustraciones cotidianas como si de sísifos penitentes se tratase.
Y es que la desgracia ayuda a la literatura, siempre han sido buenas compañeras pero, por favor, se echa de menos la profundidad sentimental y dramática al estilo de Haruki Murakami, cristalina, sin fisuras y sobre todo, catártica, frente al sentimiento trágico de la vida del que adolecen, demasiado frecuentemente, las novelas españolas.